1. La transfiguración de Jesús —situada en los sinópticos al comienzo del camino de Jesús— es una glorificación anticipada de la resurrección final. Es la contrapartida de la tentación, el lado opuesto de la desfiguración. El relato de la transfiguración significa la consagración de Jesús como Mesías o Cristo, como nuevo Moisés en el monte de Dios y como segundo Elías que pronuncia y cumple toda profecía, delante de sus discípulos (lo ven orante) y de Dios (la voz del cielo y la nube). El «rostro resplandeciente» de Jesús y sus «vestidos blancos» son sinónimos de resurrección, de disfrute de la gloria de Dios.
2. La palabra gloria es empleada popularmente como algo maravilloso que nos hace felices: «esto da gloria», «es gloria bendita», «estamos en la gloria»… Pero que nadie se gloríe con orgullo, fanfarronería o jactancia; eso es «vanagloria». El cristiano puede gloriarse en Dios por Jesucristo. Evidentemente podemos aspirar a la gloria y, de hecho, la deseamos para todos y, muy en concreto, para el difunto: «que en gloria esté», es decir, que disfrute de la gloria de Dios. La gloria es, en definitiva, manifestación de Dios.
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