AQUÍ ESTOY SEÑOR
Por Ángel Gómez Escorial
1.- La fama de Juan el Bautista fue muy grande. Muchos pensaban –lo dicen las Escrituras—que él era el Mesías, Elías u otro cualquier profeta vuelto a la vida. Debería sorprender su humanidad fuerte, su austeridad permanente, su sinceridad hiriente. Es obvio –se ha dicho muchas veces—que cuando Juan aparece, el pueblo judío vive días de espera, de tensión, incluso, por la llegada del Mesías, ese personaje mal definido por los judíos de entonces, que sería quien sacara a todos de sus calamidades. Por un lado se esperaba un gran jefe militar y político que terminase con la dominación romana, pero también se esperaba a un mago, a un taumaturgo, a alguien que todo lo podría hacer para salvar a su pueblo. Y Juan, inequívocamente, anunciaba a Aquel que tenía que venir. No era ambiguo. Despejadas las dudas –ante fariseos y saduceos—de que él no era el Mesías dejó claro que había alguien entre ellos, entre la multitud que bautizaría con fuego y Espíritu.
El Evangelio de san Juan que acabamos de escuchar da unas claves muy llamativas. Dice el Bautista: “He contemplado al Espíritu que bajaba del cielo como una paloma, y se posó sobre él. Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: ‘Aquél sobre quien veas bajar el Espíritu y posarse sobre él, ése es el que ha de bautizar con Espíritu Santo’. Y yo lo he visto, y he dado testimonio de que éste es el Hijo de Dios.” Está dicho todo, ¿no? Y si en el evangelio de Mateo de la semana pasada se narraba, igualmente, la impresionante teofanía trinitaria que explica una de las realidades más importantes de nuestra fe, tendremos que aceptar que el Bautismo del Señor es otro de los “hechos estrella” de los evangelios. Y con esa presencia del Dios Trino en la historia, en la vida cotidiana de los hombres, teniendo a Juan el Bautista como testigo, y con la presencia de cientos y cientos de judíos que iban a bautizarse, Jesús de Nazaret comienza su formidable recorrido por la vida de los hombres y mujeres de todos los tiempos a la búsqueda de la paz y de la reconciliación con Dios, que eso es, en definitiva, la Redención, el camino de Salvación.
2.- Iniciábamos el lunes pasado el Tiempo Ordinario. Es, como hemos dicho muchas veces, el tiempo litúrgico que aplica al relato evangélico una velocidad media, una velocidad de crucero. Vamos a completar tres domingos más de este Tiempo Ordinario. Hasta el cuarto, porque el 6 de febrero es ya Miércoles de Ceniza y comienza la Cuaresma. Este año va a ser muy pronto, tanto la Cuaresma, como la Semana Santa y la Pascua, todo ello lo más temprano que es posible, de acuerdo con los cálculos habituales para la determinación de estas fechas santas. El día de Pascua será el 23 de marzo. Luego, tras la Pascua y Pentecostés volveremos nuevamente al Tiempo Ordinario. Y este correr de las fechas y de los acontecimientos es lo que mantiene viva la Liturgia, que no es otra cosa que un santo instrumento para mejor mostrar la Palabra de Dios.
Y así este domingo segundo del tiempo ordinario, tiene su continuidad y paralelismo con el domingo pasado, con el último de la Navidad, con la fiesta del Bautismo del Señor. Es Isaías hoy, como el domingo anterior, quien nos describe la misión de Cristo en una profecía bella y certera que, sin duda nos llena de alegría. La espera de Jesús por el Pueblo de Dios se adentra en el tiempo pasado. Era una gran esperanza. Pero el pueblo judío lo olvidó, o no supo verlo con exactitud. Pero la profecía está ahí, como esperándonos, superando tiempo y espacio. La Palabra de Dios es eterna porque se hizo bajo la inspiración del Espíritu.
3.- Comenzamos la lectura de la primera carta del apóstol Pablo a los fieles de Corintio. Es una carta muy interesante, pues San Pablo con ella quiere devolver la paz y el orden a una comunidad que había tenido muchos problemas. Escrita desde Éfeso en, probablemente, el año 57, Pablo recrimina el mal comportamiento de algunos miembros de una Iglesia que había fundado el mismo y por la que, sin duda, siente un gran cariño. Hoy, para nosotros, el mensaje de ese primer fragmento es el ofrecimiento que hace el apóstol de gracia y paz en nombre de nuestro Señor Jesucristo. Y, en definitiva, está claro que eso es lo que tenemos que buscar: nuestra santificación dentro de una paz interior que nos haga mejores. Es cierto que los tiempos actuales no son fáciles, y que comportamientos deleznables son acometidos por algunos de nuestros hermanos, pero eso no es nuevo, ya sucedía lo mismo en el Corinto de hace casi 20 siglos. Y será la bendición permanente que nos llega del Cielo lo que nos ayudará a superar todos los problemas.
4.- No quiero dejar de referirme a la Jornada Pontificia y Mundial sobre las Migraciones. La Iglesia universal celebrará en este día un apoyo generalizado a que este fenómeno tan difícil, tan duro y con tantos problemas, se convierta en alegría y progreso y deje los tintes trágicos que tiene en muchas ocasiones. No hay más que pensar en la llegada a las costas españolas de los cayucos (barquillas) con inmigrantes ilegales africanos. En ellos, muchas veces, llegan cadáveres. La inmigración está ayudando al desarrollo económico español y eso hemos de tenerlo en cuenta.
Y también quiero hacer una referencia al Octavario por la Unidad de los Cristianos, jornadas de oración por la unidad que se hacen, igualmente, en todo el mundo y que en este año cumplen 100 años. Hay varios otros textos que sobre ello se pueden consultar tanto en la página de Editoriales como en la de Noticias. Igualmente existen esas referencias respecto a la jornada pontificia sobre las Migraciones.
5.- Y este domingo, como el anterior, contemplar el Bautismo del Señor nos debe traer una valoración fuerte de nuestro propio bautismo. Es verdad, y lo hemos dicho muchas veces, que aquel bautismo nuestro se llevó a cabo “sin nuestro permiso”. Nadie nos preguntó. Pero el efecto del Espíritu en nuestro cuerpo y nuestra alma nos ha ayudado, nos ha preservado hasta ahora. Y ha sido la semilla indeleble para que comprendiéramos que estábamos consagrados a Dios. Hemos tardado en entenderlo. Unos lo habremos hecho más tarde. Otros, antes. Tanto da. La cuestión es que Dios no nos abandona. Y solo habrá que decir, como el salmo “Aquí estoy Señor para hacer tu voluntad”
No hay comentarios:
Publicar un comentario
Deja tu comentario