Moniciones:
Domingo XXXIV del Tiempo Ordinario
MONICIÓN SOBRE LAS LECTURAS 1.- Cristo es el Ungido. Es lo que significa Cristo. Los judíos, tal como nos cuenta nuestra primera lectura de hoy –del Libro Segundo de Samuel--, ungían a sus Reyes en nombre del Señor. David es ungido como rey de Israel ante todo el pueblo y es un antecedente de la realeza de Jesús, el Cristo. S.- Este salmo 121 era el último que los judíos entonaban en su peregrinación a Jerusalén, cuando la impresionante mole del Templo se hacia visible ante sus ojos. Muestra la alegría desbordante por llegar a la Casa del Señor. Igual tiene que ser para nosotros, hoy. Mostremos nuestra alegría por estar, juntos, en la Casa de Dios. 2.- Las palabras que vanos a escuchar, como segunda lectura, de la Carta del Apóstol San Pablo a los Colosenses, las hemos oído muchas veces, forman parte de un Himno muy bello y muy habitual en la liturgia eucarística y en la de las horas. Nos llevan al Reino del Hijo querido de Dios. 3.- El fragmento del evangelio de Lucas en que se narra la crucifixión del Señor está lleno de símbolos de realeza. Es como si nos quisiera decir que la Cruz es el auténtico trono de Cristo Rey. El rótulo que puso Pilato habla del Rey de los judíos. Y el buen ladrón invoca la misericordia de Jesús para llegar ese mismo día al Reino. Escuchemos con el alma y el corazón en la mano esta (s) lectura(s) que nos muestra (n) la auténtica realeza de Jesús de Nazaret. Como solemos citar de vez en cuando, estos textos de moniciones, pueden leerse de uno en uno, antes de cada una de las lecturas. O todo junto antes de la proclamación de las mismas. Se ha redactado para que sirva en ambas posibilidades. |
Lectura de Postcomunión MONICIÓN Hemos elegido esta preciosa oración a Cristo Rey que nos empuja a entregarnos, más y más, al Rey de nuestras vidas. ORACIÓN A CRISTO REY ¡Oh Cristo, Tú eres mi Rey! Dame un corazón caballeroso para contigo. Magnánimo en mi vida: escogiendo todo cuanto sube hacia arriba, no lo que se arrastra hacia abajo.
Magnánimo en mí trabajo: viendo en él no una carga que se me impone, sino la misión que Tú me confías.
Magnánimo en el sufrimiento: verdadero soldado tuyo ante mi cruz, verdadero Cireneo para las cruces de los demás.
Magnánimo con el mundo: perdonando sus pequeñeces, pero no cediendo en nada a sus máximas.
Magnánimo con los hombres: leal con todos, más sacrificado por los humildes y por los pequeños, celoso por arrastrar hacia Ti a todos los que me aman.
Magnánimo con mis superiores: viendo en su autoridad la belleza de tu Rostro, que me fascina.
Magnánimo conmigo mismo: jamás replegado sobre mí, siempre apoyado en Ti.
Magnánimo contigo: Oh Cristo Rey: orgulloso de vivir para servirte, dichoso de morir, para perderme en Ti. Exhortación de despedida Salgamos contentos de la Eucaristía. Hemos aprendido que Jesús es un Rey entregado y que sirve, no busca que le sirvan. Hagamos nosotros lo mismo. Prefiramos, siempre, servir a que nos sirvan |
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