14 marzo 2024

Pautas para la homilía del V Domingo de Cuaresma

 

Liberados de la ley por el amor

En los Evangelios se narran, en diversas ocasiones, los choques y conflictos que tuvo Jesús con las autoridades religiosas, con gente piadosa y con grupos de creyentes del judaísmo a propósito de la Ley y de su estricto cumplimiento. Se dice que en tiempos de Jesús había en la religión judía 613 mandamientos principales, divididos entre 365 prohibiciones (como los días del año) y 248 obligaciones (el mismo número que los huesos del cuerpo humano). El creyente judío estaba totalmente sometido a la ley, no había distinción entonces entre la ley humana y la divina, y vivía obsesionado por no incurrir en alguna prohibición ni cometer faltas en sus obligaciones religiosas.  

Jesús hizo la síntesis de todo ello en dos mandamientos inseparable: el amor incondicional a Dios y a los demás como a uno mismo. El que ama ya está cumpliendo la Ley entera. La perfección y la santidad religiosa tienen como fuente el amor. El Papa Benedicto XVI escribió una hermosa Encíclica a este propósito: Dios es amor, ardiente caridad, apasionada entrega. Se trata de una fuerza transformadora capaz de cambiar el mundo en el sentido de Dios porque su sede está en nuestro interior, en nuestro corazón. La nueva ley no brota de aprender e incorporar preceptos y normas externas, sino del manantial del seguimiento a Cristo,  que trasforma nuestros corazones.

En su predicación, Jesús, advertía a sus oyentes que lo que nos hace puros o impuros a los ojos de Dios, aquello que nos contamina, no es tanto lo que nos llega de fuera, que puede que también lo haga en ocasiones, cuanto lo que sale del interior de nuestro corazón, ya que es la sede y motor de nuestro ser.  Debemos,  por tanto, estar atentos a todos los procesos internos con los cuales, observamos, valoramos, juzgamos y construimos el mundo y sus relaciones. El cristiano tiene en el modelo humano de Jesucristo su auténtica y verdadera fuente de inspiración.

La solidaridad del dolor y el sufrimiento

Jesús, el Hijo de Dios, se convierte en modelo para nuestra humanidad en virtud de nuestra creencia religiosa, según la cual, Él fue en todo es semejante a nosotros, menos en el pecado. Ese ser semejante adquiere una particular empatía y simpatía en el sufrimiento que debió experimentar durante toda su vida, y más en particular en los acontecimientos que conducirán a su prisión, tortura y muerte por ejecución. Entender el sufrimiento de Dios sigue siendo una tarea religiosa para todas las generaciones cristianas y la nuestra no puede obviar ni renunciar a esa tarea, a la que cada uno de nosotros está invitado a dar su aporte.

Si Dios, Trinidad Santa, conoce el dolor y el sufrimiento humano es porque lo ha experimentado en Hijo, en su Hijo Jesucristo que envió al mundo. Y es así como Dios se hace solidario de todo el dolor y el sufrimiento de la humanidad.  Los primeros teólogos de la Iglesia, aquellos que más cerca estuvieron de la catequesis y predicación de los primeros apóstoles y seguidores de Jesús, afirmaron que no puede ser redimido aquello que no es asumido, es decir, que el sufrimiento es redimido por Dios porque Dios mismo ha conocido nuestro sufrimiento y por eso es capaz de liberarnos. La fortaleza de Dios se realiza en la debilidad.

Escuchar y obedecer, en la Biblia, son términos que van de la mano. Escuchar a Dios es obedecerle, no obedecer a Dios es no escuchar su voz. La cultura de nuestro tiempo es muy reacia a todo lo que signifique obedecer o la obediencia. Muchas instituciones, a la que no escapa la familia ni la propia Iglesia, se encuentran debilitadas por una crisis de obediencia que nace de la falta de una escucha sincera y correcta. No escuchamos porque estamos centrados en lo mío, en lo particular, en el ego, y ello hace que vivamos al margen de lo que nos rodea y que nos volvamos insensible y narcisistas.   

Ahora y en la hora

Nuestro encuentro con Jesús puede devolvernos a la auténtica realidad, su Espíritu puede hacer que nos centremos en la escucha a Dios y al mundo. La humanidad entera, y cada uno de nosotros, sueña y ansía dotar de sentido y de autenticidad a lo que hacemos y a lo que somos. Para conducir a otros a la luz verdadera tenemos antes que ser nosotros esa misma luz; es decir, tenemos que ser testigos y misioneros veraces del Evangelio de la salvación. El testimonio acreditado y el testigo veraz son las condiciones esenciales que hacen despertar en la humanidad el querer ver a Jesús.

El signo por excelencia del cristianismo es la cruz, el instrumento de tortura y muerte que los romanos aplicaban a los traidores, sediciosos y malditos. La exposición en una cruz era un hecho vergonzoso e ignominioso en el que el reo era mostrado desnudo, en total indefensión. Al principio la cruz no era la señal identificadora de los cristianos, sino el pez, pero poco a poco la cruz pasó a ser el signo de nuestra salvación. El momento sublime de la redención aconteció en el lugar más desconcertante. Así de sorprendente es nuestro Dios.

Dios reina y reconcilia a la humanidad en la soledad de una cruz, desde donde va a seguir experimentando las tentaciones del diablo hasta los momentos finales de su existencia terrena. La hora de la Hora de Jesús se convierte en el momento de la aceptación por parte del Padre de su vida entregada por puro amor para la salvación de todos. Es también nuestra Hora porque en Él y con Él nosotros, los redimidos, entramos en el nuevo y definitivo Santuario.

Que vivamos con plenitud, devoción y santidad estas Fiestas de la Pascua. Dios les bendiga.

Fray Manuel Jesús Romero Blanco O.P.

Fray Manuel Jesús Romero Blanco O.P.
Misionero dominico en la Amazonía peruana

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