06 diciembre 2023

Pautas para la homilía: II Domingo de Adviento

 

El consuelo de Dios se dice al corazón humano

La primera lectura en la mesa de la Palabra nos acerca al profeta Isaías. Todo comienza con un grito: ¡Consolad! Un grito, además, que ha de hacerse en un modo determinado: hablando al corazón de lo humano. El tiempo de adviento ha de ser tiempo de consuelo para los desconsolados de la existencia. Y, claro está, el modo nunca será llenando el aire de palabras o la mente de sucedáneos: el consuelo llega desde las palabras de Verdad que tocan el corazón de la vida, el centro neurálgico que da sentido, fuerza y razón a nuestro caminar y a nuestra espera. Para el hebreo, el corazón es el órgano con el que se razona. ¡Cuánto podríamos ganar, si en ocasiones, razonáramos con el corazón y no solo con la mente invadida de intereses!

  • ¿Estamos preparándonos para ser consuelo y decir ‘palabras de verdad’ al corazón de nuestros hermanos?

Aún hay más. En este consuelo de Dios, en este hablarnos al corazón, se nos dice algo: se ha cumplido el servicio, está pagado su crimen. La espera y la venida del Señor, su vida y el misterio de su muerte, son ya moneda de cambio que restaura la definitiva amistad del ser humano con Dios

Jesucristo, sutura del deseo de Dios y del hombre

El salmo 84 lo proclamará con contundencia: La salvación está ya cerca de sus fieles y la gloria habitará en nuestra tierra. Jesucristo es punto de sutura del deseo de Dios y del deseo del hombre. En Él, la misericordia, la justicia, la paz y la fidelidad aúnan los modos de ser y de relacionarnos para que el Reino se instaure y la salvación se abra hueco en el corazón humano.

Una voz grita: en el desierto preparadle un camino al Señor. No se trata de que haya una voz en el desierto que grite. Se trata de un grito que nos invita a descubrir cómo en los desiertos de nuestras vidas podemos hallar el lugar propicio para preparar el camino del Señor, para tomar conciencia, vaciados de muchas cosas superfluas, de que la gloria habita en nuestro interior pues somos hijos en el Hijo de Dios. Como afirmaba Juliana de Norwich: no solo estamos hechos por Dios, sino que estamos hechos de Dios. Ese algo de Dios en el corazón humano solo se descubre con toda su belleza en muchos de nuestros desiertos.

A partir de ese descubrimiento Isaías nos revela más de la identidad de Dios: Aquí está vuestro Dios. Un Dios que se hace presente en la vida de sus criaturas, que no se da de baja del ser humano. Es el exceso de un Dios de amor desbordado que pone la recompensa de la vida por delante de nuestros cumplimientos. Anticipo de la imagen del buen pastor, del ser más profundo del Hijo de Dios que en su acercamiento encarnado en lo humano, actuará de tal modo que llevará todo de nuevo al corazón del Padre, como un pastor que apacienta, que toma en brazos y hace recostar

La paciencia: una pedagogía divina

Solo este amor desmedido, excesivo para la lógica humana, puede esperar siempre. “Amar es saber esperar el tiempo que sea necesario”. A nosotros solo se nos pide acrecentar la esperanza desde la confianza en la promesa y fidelidad de Dios.

  • ¿Qué puedo aprender de la pedagogía de la espera de Dios para con cada uno de nosotros, sus hijos e hijas? ¿cómo ser eco de la paciencia que Dios tiene conmigo? ¿soy capaz de ser paciente con mis hermanos?
  • ¿Cómo contribuimos cada uno de nosotros en este tiempo a construir la esperanza en los desesperanzados?

En el desierto

El evangelio nos presenta a Juan, el último de los profetas que enlaza el NT con la tradición profética más veraz del pueblo de la alianza. Juan es aquél a quien san Agustín considera voz de la Palabra. Su profunda convicción de no ser él el Mesías (a pesar del éxito aparente y de contar con discípulos) nos transmite una lección de humildad. No somos la Palabra sino la voz, el instrumento, el lapicerito en las manos de Dios, como decía la Madre Teresa de Calcuta. Voz con que Él puede hacer oír su Palabra en el corazón de la humanidad.

Juan es profeta del y en el desierto. Este hecho marca unos distintivos que nos pueden ser de utilidad, ya que implica actitudes fundamentales en nuestro modo de ser y hacer como discípulos de Cristo:

  • Que Juan sea profeta del desierto implica que huye de las masas, huye de las modas, de lo políticamente correcto, en definitiva, huye de ese perverso arte de querer contentar a todos, aunque sea a costa de vivir un sucedáneo de Evangelio.
    • ¿Hemos descafeinado la exigencia evangélica con tal de quedar bien siempre?
  • Que Juan sea profeta del desierto y que predique en el desierto, es, en sí mismo, un acto de amor extremo a y por la verdad. Decirla en medio la nada porque la verdad en sí misma tiene el valor del todo.
    • ¿Cómo ando de fidelidad a la verdad de mi vida, a la Verdad que es Cristo, aunque ello implique vivir desertado?
  • Que Juan sea profeta del desierto y que predique en el desierto refiere a decir las cosas limpias de todo ruido, interés o distracción colateral. La verdad va emparejada a la nitidez, a la belleza en lo que se dice y en cómo se dice.
    • ¿Qué hablo y cómo lo hablo? ¿Cómo es nuestra predicación de discípulos del Señor?: ¿nítida?, ¿ausente de intereses y distracciones o interesada y justificativa de nuestros modos de ser y hacer?

Fr. Ismael González Rojas

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