11 mayo 2023

La Misa del Domingo 14 de mayo

 Afirma el Señor a sus apóstoles en su discurso de despedida, durante la última Cena: «Si ustedes me aman, guardarán mis mandamientos». La obediencia a las enseñanzas del Señor más que condición es expresión visible y palpable del amor que se le profesa. Es falso el amor que no busca hacer lo que el Señor le dice. En cambio, para quien ama de verdad al Señor, hacer lo que Él le pide es fuente de gozo y realización. Cuando el amor es auténtico se genera una profunda comunión de las personas, de tal manera que hay entre ellas un querer lo mismo y un no querer lo mismo. De allí que a quien ama verdaderamente al Señor le sea natural guardar sus mandamientos.

          Al mismo tiempo, esa amorosa obediencia a Cristo lleva a una más profunda comunión, ya no sólo con Él, sino también con Su Padre: «Si alguno me ama, guardará mi Palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada en él» (Jn 14,23).

          Al discípulo que vive esta obediencia que es fruto del amor y que lleva a una profunda comunión con Dios, el Señor Jesús le promete: «Yo le pediré al Padre que les dé otro defensor» (Jn 14,16).

          El término griego para defensor es parakletos, de donde procede la voz castellana Paráclito. Proviene del verbo parakaleo, que literalmente traducido quiere decir “hablar por otro” y tiene el sentido de: “abogar por”, “defender a”, “interceder por”, así como también: “confortar a” o “aconsejar a”. Al llamar al Espíritu Santo “parakletos” el Señor Jesús expresa su función de abogado defensor de sus discípulos (ver también Jn 14, 16.26; 15, 26; 16, 7, y 1 Jn 2, 1), y es que por ser discípulos de Cristo experimentarán la oposición por parte de “mundo” y del Demonio, quien es «el acusador de nuestros hermanos, el que los acusaba día y noche delante de nuestro Dios» (Ap 12,10). El Señor, que físicamente ya no estará más con ellos, promete a sus discípulos que no los dejará solos. El Espíritu Defensor estará con ellos siempre para asistirlos y defenderlos oportunamente.

          ¿Pero por qué el Señor Jesús habla de “otro defensor” para referirse al Espíritu Santo? Porque el primer defensor es Él mismo: Él no ha venido para acusar al hombre ante Dios (ver Jn 5,45) sino para reconciliarlo y para interceder por él ante su Padre. Su partida a través de la Muerte y Resurrección abre el camino a este “otro defensor”, que hace posible e inaugura la nueva presencia misericordiosa de Dios entre los hombres. La presencia del Espíritu Santo garantiza en el mundo la continuidad, en unidad y plenitud, con la misión del Señor Jesús.

          A este Espíritu Paráclito el Señor lo califica asimismo como «el Espíritu de la verdad». Siendo el Señor Jesús la Verdad (Jn 14, 6), este Espíritu les enseñará y recordará todo lo que Él les ha enseñado (ver Jn 14, 26). El Espíritu los guiará «hasta la verdad completa» (Jn 16, 13).

          A este Espíritu, dice el Señor, «el mundo no puede recibirlo, porque no lo ve ni lo conoce». La palabra “mundo” en la Sagrada Escritura es una palabra equívoca, es decir, significados diversos: a veces significa el mundo visible creado por Dios, en cuyo caso es bueno (ver Gén 1,10.12.18.21.25.31). Otras veces significa el conjunto histórico y cultural en el cual se desarrolla la vida de los hombres. En otras ocasiones expresa una realidad que es antagónica a Dios, un conjunto de personas que rechazan a Dios y a su Cristo. A esto último se refiere acá el Señor Jesús al hablar de “mundo”.

          Al decir de este “mundo” que «no puede» recibir el Espíritu indica una incapacidad radical. El motivo de esta incapacidad es el hecho de que no lo “ve” ni lo “conoce”. El verbo griego que se traduce como “ver” es theorein, actividad psíquica del ser humano que se diferencia de un ver con el ojo humano. No se trata de una visión puramente espiritual, sino una percepción del fenómeno a través de sus manifestaciones exteriores. Este “ver” se refiere a las manifestaciones del Espíritu en la persona, en el ministerio y en la palabra del Señor Jesús. Puesto que el mundo se ha mostrado incapaz de percibir el Espíritu actuando en la persona de Cristo tampoco puede conocerlo, y menos recibirlo. En este sentido, la fe en el Señor Jesús es condición indispensable para recibir este don del Padre.

          A diferencia del mundo los discípulos pueden recibir al Espíritu porque ellos sí han creído en Dios y en su enviado Jesucristo. Por la fe han sido capaces de “ver” al Espíritu en la vida, palabras y obras maravillosas del Ungido de Dios (ver Jn 1, 33). Al estar en comunión con el Señor, también Su Espíritu mora en ellos.


          Ante la promesa del Señor de esta Presencia continua e invisible del Espíritu Santo en mi vida, surge inmediatamente una pregunta: ¿cómo es mi relación con Él? ¿Me abro a su Presencia en mis diarias actividades, decisiones, esfuerzos por vivir una vida santa? ¿O tengo olvidado al Espíritu y descuidada mi relación con Él porque no lo veo ni lo percibo?

          Si sé que el Espíritu me ha sido dado (ver Rom 5,5) en el Bautismo y en la Confirmación, si el Señor ha afirmado que su Espíritu viene en mi ayuda y defensa, ¿por qué me siento a veces abandonado de Dios? ¿Por qué me siento desprotegido? ¿Está el problema en Dios, o en mí? Dice el Señor que a su Espíritu «el mundo no puede recibirlo, porque no lo ve ni lo conoce». ¿No será que si no lo veo, es porque no lo conozco, es porque quizá aún “le pertenezco” aún demasiado al mundo?

          ¿Cómo hacernos más sensibles a su Presencia, a sus mociones e inspiraciones? ¿Cómo prepararnos para poder recibirlo, como se prepararon los discípulos en torno a Santa María para recibirlo el día de Pentecostés? Mediante una vida espiritual perseverante, intensa. Nuestra relación con el Espíritu Santo no puede ser fría, distante, desentendida. Requiere de oración y lucha ascética. Quien no reza, quien en medio de tantas actividades y ruido en la vida cotidiana no se reserva un espacio para la oración, el íntimo coloquio con Dios, quien no aprende a hacer silencio en el corazón para escuchar su voz, ¿cómo podrá percibir la presencia del Espíritu que en su acción se asemeja a una brisa suave? Quien no se aparta del pecado y lucha por purificar su corazón con la gracia del Señor, ¿cómo puede experimentar el ardor del amor que enciende el Espíritu en el corazón? Imposible.

Perciben el Espíritu los hombres y mujeres espirituales. Los creyentes estamos llamados a abrirnos a esta Presencia, viviendo una vida espiritual intensa, que nos permita sintonizar con el Espíritu de Dios. Tan sencillo como eso. Pero mientras “no tengamos tiempo” para rezar, mientras no le demos un lugar central en nuestra vida al coloquio íntimo con el Señor, mientras no meditemos en sus enseñanzas y nos esforcemos en obedecerle por amor, ¿cómo podremos “ver” y “conocer” al Espíritu, invisible al “mundo” que se halla sometido al pecado y sus concupiscencias? Si no rezamos y obedecemos al Señor, seremos hombres y mujeres “carnales”, incapaces de ver a Dios, de percibir su Presencia y acción en nuestras vidas, hombres y mujeres vendidos al poder del pecado (ver Rom 7,14).

          Quien aún en medio de tantas actividades y quehaceres de cada día se reserva un espacio para el coloquio íntimo con Dios; quien junto con los hermanos y con María persevera en la oración; quien aprende a hacer silencio en el corazón para escuchar la voz del Señor; quien se aparta del pecado y coopera con la gracia del Señor para purificar su propio corazón, quien día a día se empeña en amar al Señor sobre todo y en vivir como Él nos ha enseñado, experimentará esa Presencia y acción suave pero fuerte del Espíritu Santo en su propia vida, Presencia que como fuego enciende el ardor en el propio corazón, Presencia que nos santifica y transforma haciéndonos cada día más semejantes a Cristo.

Jesús anuncia el envío del Espíritu Santo

243: Antes de su Pascua, Jesús anuncia el envío de «otro Paráclito» (Defensor), el Espíritu Santo. Este, que actuó ya en la Creación y «por los profetas», estará ahora junto a los discípulos y en ellos, para enseñarles y conducirlos «hasta la verdad completa» (Jn 16, 13). El Espíritu Santo es revelado así como otra Persona divina con relación a Jesús y al Padre.

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