04 abril 2023

Viernes Santo (Ciclo A) (7 de abril de 2023)

 Sus cicatrices nos curaron (Is 53, 5). Mujer, ahí tienes a tu hijo (Jn 19, 26).

Las lecturas que acabamos de hacer no presentan la teología del dolor de Cristo, como siervo que ha cargado sobre sus hombros el mal de toda la humanidad, como el que, enviado por Dios para salvarnos, aunque con gritos y con lágrimas deseara ser librado de la muerte, obedeció hasta el final, experimentando en sí mismo todo el dolor que puede sufrir una persona. Dios nos salva asumiendo Él, con su propio dolor, el desfase que se da entre su plan salvador y nuestra propia debilidad, casi impotencia.

Las lecturas y los restantes textos litúrgicos de hoy apuntan también al dolor de toda la Humanidad. En la cruz de Cristo se puede decir que están representados todos los que han sufrido antes y después de Él: los que son tratados injustamente, los enfermos y desvalidos, los que no han tenido suerte en la vida, los que sufren los horrores de la guerra, del hambre o de la soledad, los crucificados de mil maneras. También, en nuestro caso, el dolor, como en el de Cristo, puede tener valor salvífico, aunque no acabemos de entender todo el sentido del plan salvador de Dios.

Lo que celebramos hoy da sentido a toda nuestra vida y especialmente a nuestros momentos de dolor y fracaso. No se nos ha asegurado que los que creemos en Jesús no vamos a tener dificultades, o que no experimentaremos la enfermedad y la soledad, el fracaso y la muerte… Pero sí se nos ofrecen luz y fuerza para que nuestra vivencia de todos esos momentos sea en sintonía con Cristo. Aunque no entendamos del todo el misterio del mal o de la muerte, no es en vano, sino que tiene una fuerza salvadora y pascual, hacia la nueva vida que Dios nos prepara y nos regalará.

Para nosotros, el fracaso deja de ser un destino solitario, puesto que significa que “somos sumergidos” juntamente con nuestro Señor y hermano Cristo. Para el cristiano el dolor no deja de ser amargo, pero sí deja de ser una fatalidad. Al dolor debemos atacarlo hasta la postrera posibilidad; pero luego, cuando ya no es posible más, sabemos que aquello continúa teniendo sentido porque es dolor redentor Tal es la cualidad que le dio Jesús al pasar por él, asumiéndolo.

Ese Cristo clavado en la Cruz, que dedica palabras de perdón a los condenados juntamente con Él y también “a los que no saben lo que hacen”, ofrece su vida al Padre y es nuestro modelo más vivo y convincente. Cuando hoy besamos la cruz, en signo de adoración a Cristo, le pedimos también que nos enseñe a vivir la nuestra, nuestra pequeña o gran cruz, con la misma entereza con que Él la vivió. Cuando en la comunión participemos de su “cuerpo entregado por todos”, nos alegramos de que la muerte salvadora de Cristo se nos comunique continuamente en este sacramento admirable de la Eucaristía.

Este Viernes Santo nos conducirá a la celebración de la Pascua de Resurrección. Y la Resurrección es la confirmación de la victoria completa de Jesús y de nuestra propia victoria. Por la Resurrección la cruz se convierte en el símbolo más divino que la humanidad ha conocido jamás. La cruz, el dolor, la muerte, de ahora en adelante tienen un solo sentido y una sola explicación: el amor. Cuando hay fe en Jesús y vivimos nuestra vida con amor a los hermanos, todo cobra una nueva luz y un nuevo significado: también nosotros somos redentores junto con Cristo, porque nos identificamos con Él.

Finalmente, elevamos nuestra mirada hacia la Santísima Virgen María y vemos que su intenso dolor alcanza su punto culminante en la hora de la pasión de su Hijo; aguanta a pie firme al lado de la Cruz y ve expirar a su Hijo; tiene la experiencia más amarga de la injusticia y de su propia impotencia. La fortaleza de María es ejemplo para nosotros; nos ayuda a tomar la dimensión de la condición humana, informada por lo cristiano a descubrir el sentido del dolor para el creyente asimilado a Cristo. La entrega que este nos hace de su Madre es el mayor de los regalos.

Teófilo Viñas, O.S.A.

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