04 abril 2023

 

Domingo de Pascua (Ciclo A)

(9 de abril de 2023)

Este es el día en que actuó el Señor, la solemnidad de las solemnidades y nuestra Pascua: la resurrección de nuestro Salvador Jesucristo según la carne.

Hch 10, 34a. 37-43: Hemos comido y bebido con él después de su resurrección de entre los muertos. Sal 117: Este es el día que hizo el Señor, sea nuestra alegría y nuestro gozo. Col 3, 1-4: Buscad los bienes de allá arriba, donde está Cristo. Jn 20, 1-9: Él había de resucitar de entre los muertos.

Porque el primer día de la semana, el domingo de Pascua, Cristo resucitó de entre los muertos, cantamos aleluya con toda la razón, algo imposible sin la resurrección, nos faltaría el motivo auténtico de alegría si todo hubiese terminado en la cruz. Cristo resucitó. ¡Alegrémonos! La muerte y el pecado -dos caras de la misma moneda- están derrotados.

La resurrección de Jesucristo es una parte esencial, imprescindible del mensaje cristiano. Sin ella no hay cristianismo ni fe que valga. Es el factor clave que legitimó todo su mensaje y fundamenta la confesión de fe en él como Señor. Gracias a ella conocemos el poder de Dios y de Cristo sobre la muerte y cualquier otro poder o elemento de este mundo, al tiempo que se nos abre la vía para participar en otro tipo de realidad en que lograremos la plenitud completa de toda la creación y, en ella, de los hombres. Sin resurrección trabajaríamos por la consecución del reino de Dios en la tierra, esta tierra, la de ahora; una meta histórica en la práctica inalcanzable, un buen proyecto social, pero de tejas para abajo, más de lo mismo, sin diferencia radical de otros proyectos de sentido inservibles.

Frente a toda utopía meramente humana y razonable la resurrección nos muestra el señorío auténtico de Cristo sobre la naturaleza y la historia, abriendo el camino a la comunión con Dios en una dimensión que empalma con la nuestra, pero es distinta. Es el comienzo de un mundo nuevo en primer lugar para él, después para nosotros por participación. Este es el punto a considerar.

Todo cambió en la actitud y el comportamiento de los discípulos cuando tomaron conciencia de la realidad de Cristo resucitado. Les costó asimilarlo; se les impuso como un dato incuestionable por difícil de entender que fuera. Una vez asumido el hecho, digerido, nada ni nadie les pudo parar. Desde esa conciencia les brotó una valentía y seguridad al punto de dar sus vidas. Muestra del empuje apostólico surgido de la resurrección es el discurso de Pedro en casa de Cornelio narrado en la primera lectura. Resume de la predicación evangélica inicial, con los puntos esenciales de la afirmación de que Jesucristo fue acreditado con signos y prodigios, murió y resucitó según las Escrituras, convirtiéndose en el único camino de salvación para todo el que se acoge a él. Síntesis perfectamente válida hoy.

Ahora bien, este relato pierde todo su poder si Cristo no ha resucitado. Su mensaje puede ser muy bonito y convincente, pero carece de poder vinculante si no viene acreditado por la nueva vida que adquirió tras su muerte. No pasaría de ser otro personaje histórico relevante como Luther King, Ghandi u otro por el estilo, de los que pueden decir cosas verdaderas, interesantes, bonitas y todos los adjetivos que queramos, pero ninguno de ellos ofrece salvación. Sólo Cristo, resucitado de entre los muertos, venció a la muerte y puede hacernos partícipes de una vida que ya no está sujeta a los parámetros de este mundo, algo que no es más de lo mismo.

Fijémonos en el hecho. Los relatos evangélicos no es que sean los mejores para nuestra mentalidad, pero son el informe disponible de quienes vieron al resucitado, utilizando los parámetros y categorías que tenían a mano en aquel momento, como no puede ser de otra manera.

El evangelio nos presenta el sepulcro vacío, la primera aproximación al resucitado, aunque indirecta. De por sí no demuestra la resurrección, de la no presencia del cuerpo en él no se concluye nada. Pero el sepulcro vacío es condición necesaria para la resurrección; Cristo no puede haber resucitado si su cuerpo permanece en el sepulcro. No es propiamente una aparición, pero sí una catalizador de la fe, tan pronto como se pararon a pensar lo que podía significar. María Magdalena no sale de la perplejidad al no encontrar el cuerpo de Jesús. Se lo dice a Pedro y el otro discípulo que acuden al sepulcro. Este último entra después de Pedro y, se nos dice, vio y creyó. Añade la explicación de que hasta entonces no habían entendido aquello de las Escrituras de que tenía que resucitar de entre los muertos. Solo entonces se les comienza a abrir el entendimiento, empiezan a encajar piezas y se abren a la posibilidad de comprender los hechos. Sin esta primera apertura mental, propedéutica, posiblemente no hubieran podido reconocer al resucitado por mucho que se les apareciese. Del mismo modo que para poder comprender el hecho de la Cruz y encajarlo con las esperanzas mesiánicas –que no asociaban a la cruz para nada- hubieron de recurrir a las Escrituras, indicando que murió según ellas; lo mismo pasa con la resurrección. No pueden negar ni el hecho de la cruz ni el dato de la resurrección, se da un proceso de asimilación y comprensión para poder asumirlo. Nos ocurre a nosotros también en otros ámbitos que, en ocasiones, aunque se nos presenten los hechos delante de las narices, por no tener la cabeza abierta a ciertas posibilidades, incluso no reconocemos, no vemos los datos palpables. Puede pasar incluso a nivel sensorial. Esta apertura a la posibilidad de una realidad distinta a la ordinaria a la que estamos acostumbrados tiene que darse también en cada uno de nosotros, incluso hoy día, aunque seamos creyentes, para creer en la resurrección.

La fe es prueba de lo que no se ve. Ninguno de nosotros vio a Cristo resucitado. Creemos basados en el testimonio apostólico que ha llegado a nosotros por la Tradición. Y lo que nos contaron es que Cristo resucitó. No fue un volver a la vida que tenía anteriormente, un Jesús redivivo. Su cuerpo era el mismo pero no igual; se mantenía la identidad pero ya no de igual manera. Cristo realizó en su vida tres “resurrecciones”, pero la palabra nos puede llamar a confusión, porque en el caso de su amigo Lázaro, de la hija de Jairo y el hijo de la viuda de Naín, consistió en devolverles a la vida anterior. Sería más propio decir que les revivió hasta su muerte definitiva, de la que no les libró. Lo de Cristo no fue revivir, sino resucitar. Es decir, ya no muere más, ni está aquejado de la debilidad corporal que nosotros experimentamos en este mundo, como la enfermedad, el cansancio, la decrepitud, la pereza, la falta de dominio sobre uno mismo, el impulso de los apetitos, etc. Tampoco nosotros aspiramos a revivir tras nuestra muerte sino a resucitar, es decir, participar de esa vida plena que tiene Cristo. Todavía es una realidad a la que aspiramos, no como una metáfora de alguna otra realidad de este mundo. Más bien este mundo es una mala imagen del que deseamos a alcanzar y que ha sido inaugurado por Cristo. En su persona la creación ha dado un salto cualitativo, alcanzando una nueva y mejor posibilidad de ser hombre, un futuro nuevo para la humanidad que ni tan siquiera habíamos barruntado.

Ninguno de los evangelistas hace una descripción minuciosa de la resurrección misma ni en su proceso ni en su resultado. No podemos acudir a los evangelios buscando una descripción del Cristo resucitado como lo haría un forense o un inspector médico. Se trata de un proceso que no podemos describir y de una realidad que escapa a la experiencia humana. Pero esto precisamente nos deja un amplio margen a la imaginación para que concibamos la nueva vida del resucitado y aquella condición a la que nosotros aspiramos al final de nuestros.

Lo importante es que se ha abierto para nosotros la plenitud de la vida antes completamente cerrada, gracias a la resurrección de Cristo, de la que podemos participar por la fe y los sacramentos. Por eso alegres cantamos Aleluya. Feliz Pascua de Resurrección.

Luis Miguel Castro

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