11 noviembre 2022

La Misa del domingo 13 de noviembre.

 

Nos disponemos ya en la recta final del año litúrgico. En una semana celebraremos la solemnidad de Cristo Rey –y la Jornada de la Juventud de forma local– y dentro de dos semanas comenzamos el tiempo

de Adviento. Las lecturas de este domingo y el siguiente comienzan a crear un ambiente un tanto apocalíptico para orientar nuestra mirada hacia la venida de Jesús entre nosotros al final de los tiempos.

Por eso en el evangelio tomamos cierta distancia con los relatos de Jesús durante su camino a Jerusalén que nos han acompañado los últimos meses en los que hemos proclamado los capítulos centrales del evangelio de Lucas y saltamos de lleno al llamado “discurso escatológico de Jesús”. Unas palabras proféticas que tratan de estimular a la comunidad cristiana –a la del evangelista Lucas y a la nuestra– a mirar el futuro de forma positiva frente a quienes solo son capaces de anunciar calamidades.

Profetas de esperanzas

Este mensaje del evangelio lo hemos preparado con un fragmento de la profecía de Malaquías, alguien que también vivió en tiempos críticos. El profeta –empleando algunas comparaciones excesivas propias de los discursos apocalípticos– habla del conocido como el día de Yahvé, el día de la actuación de Dios.

La esencia de este día que representa el final de la historia es la esperanza de que la injusticia, la corrupción, el abuso no tienen la última palabra porque se impondrá el proyecto de Dios. Al tremendismo de las metáforas hay que superponer la fuerza de la fe que hace que quien confía en Dios no tenga nada que temer. Por eso, esta entrega total a Dios lleva consigo el componente profético de la denuncia de toda injusticia y todo oprobio, algo muy relacionado con la propuesta de la Jornada Mundial de los Pobres que hoy celebramos.

En el texto que hemos leído de la segunda carta de san Pablo a los tesalonicenses también se nos invita a mirar al futuro y nos ponen en sintonía con una de las actitudes claves del adviento: la vigilancia.

Pablo, continuando con su discurso del domingo pasado, precisamente advierte contra el peligro de los discursos tremendistas en las comunidades y cómo estos pueden llevar a que los creyentes simplemente se crucen de brazos. El autor de la carta nos advierte también, como Malaquías, contra los profetas de calamidades, contra aquellos que utilizan el lenguaje religioso para crear un discurso apocalíptico más preocupado en excluir que en salvar “lo que estaba perdido”.

Felices en el tiempo y la eternidad

Ahora bien, el evangelio no puede pintar un mundo de color de rosa para los seguidores de Jesús. De hecho, la comunidad para la que Lucas prepara su relato evangélico está sufriendo persecución por los romanos y ha vivido ya la destrucción del templo de Jerusalén. En momentos así cobra mayor vigor el anuncio de la resurrección, la llegada de “los cielos nuevos y la tierra nueva”.

Ese tiempo nuevo ya ha comenzado en Jesús. El mensaje de su evangelio es el que ilumina nuestros días y está llamado a germinar a través de nuestro compromiso cristiano. Algo que también estamos llamados a vivir en tiempos complejos a través de nuestra conversión continua. Por eso, estas palabras radicales son una llamada a hacer que Dios llegue al corazón de cuantos viven sin esperanza y con la felicidad oscurecida. Algo que ni es fácil y que no está exento de oposición en parte por los poderosos del mundo. Esta es el grito de los excluidos del mundo y de la historia.

Frente a la indiferencia

Y es que, en este domingo celebramos la VI Jornada Mundial de los Pobres, una propuesta lanzada por el papa Francisco en 2016 en la clausura del Año de la Misericordia. “Jesucristo se hizo pobre por vosotros” es el lema elegido para esta ocasión enmarcada, según recuerda el Papa, mientras salimos de la pandemia y entramos en la cronificación de las consecuencias de guerras como la invasión de Ucrania. En su mensaje, Francisco nos recuerda que “frente a los pobres no se hace retórica, sino que se ponen manos a la obra y se practica la fe involucrándose directamente, sin delegar en nadie” y es que, advierte el Papa, a veces, puede prevalecer una forma de relajación, de indiferencia hacia los pobres”. Siguiendo a san Pablo, el Papa insiste que “no se trata de tener un comportamiento asistencialista hacia los pobres. Es necesario hacer un esfuerzo para que a nadie le falte lo necesario. No es el activismo lo que salva, sino la atención sincera y generosa que permite acercarse a un pobre como a un hermano”. En este sentido, Francisco nos presenta la paradoja que se da entre “la pobreza que mata” que “es la miseria, hija de la injusticia, la explotación, la violencia y la injusta distribución de los recursos”; y la “que libera, en cambio, es la que se nos presenta como una elección responsable para aligerar el lastre y centrarnos en lo esencial”. Es, concluye el Papa, “la gran paradoja de la vida de fe: la pobreza de Cristo nos hace ricos. La riqueza de Jesús es su amor, que no se cierra a nadie y va al encuentro de todos, especialmente de los que son marginados y privados de lo necesario. Por amor se despojó a sí mismo y asumió la condición humana”.

En el mes de los santos

Este lo vemos en la dedicación a los enfermos del santo salesiano Artémides Zatti cuya fiesta se celebraría en este día por primera vez tras la canonización –si no cayera el 13 de noviembre en domingo– . Su testimonio, en este mes que inauguramos con la fiesta de Todos los Santos, encarna la esperanza que Jesús lleva a los desheredados. Una alegría compartida en una cotidianidad llena de sufrimiento y dolor: “Gracias a Dios de salud voy bien, y me es dado rodar por el pueblo con jeringas, termómetro, cantando, etc. Espero que tú también goces de buena salud, pero no vayas rodando como tu tío”, escribía en una carta a una sobrina salesiana. Este sentido de trascendencia nos abre a una historia de felicidad que no se detiene en nuestros días en este mundo. Oh Dios y Padre nuestro, creemos que tus planes sobre nosotros son de paz y no de desastre y temor. Te pedimos que mantengas abiertos nuestros ojos a los signos de la constante venida de Jesús, tu Hijo, a través de los pobres y necesitados. Ayúdanos a comprometernos plenamente en el crecimiento del Reino entre nosotros llevando a cabo tus planes de paz y de amor en las periferias del mundo. Ayúdanos a hacer de este “nuestro mundo” más “tu mundo” y el camino hacia tu Casa en el cielo. Amén.


Mateo González Alonso

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