24 octubre 2014

Recursos 3. Fiesta de Todos los Santos

En el primer día del mes de noviembre, la Iglesia nos invita a celebrar la solemnidad de Todos los Santos, poniendo en comunión a ésta, nuestra Iglesia, que peregrina en la tierra, con la triunfante Iglesia celestial. Por ello, al recordar a todos los santos, tanto a los oficial y popularmente reconocidos, como así también a aquellos más desconocidos e ignotos que ningún santoral puede describir, la Iglesia nos quiere recordar que los santos son mediadores entre nosotros y el Padre Misericordioso, y que, con su ejemplo y testimonio, animan nuestro caminar y nos demuestran que es posible vivir el espíritu de las bienaventuranzas.
 
¿Son, entonces, los santos, modelos de vida, familiares y cercanos a nuestra existencia, o, por lo contrario, extraños y distantes personajes cuyas imágenes generan, en nosotros, totalmente lo inverso? ¿Qué imagen tenemos y/o nos hacemos de ellos? Para responder a estos interrogantes y ampliar nuestra reflexión al respecto, compartamos un relato, perteneciente a Alfonso Francia y Pilar Moreda, del libro Documentos y noticias, titulado “Un santo que mete miedo”(1), el cual fragmentaremos por cuestiones de espacio:
 
Eran jóvenes de dieciocho años. Hacían ejercicios espirituales en una casa religiosa dedicada a ese fin. Como es lógico, la figura del fundador y de otros santos de la familia proliferaban por todas partes. Llenaban rincones y pasillos. Es que eran el orgullo de la familia, los triunfadores, los modelos a imitar. También los protectores. Con ellos los religiosos se sentían más a gusto. Y pensaban que igual les pasaría a quienes pasaran por allí. Ese fundador en cuestión les había dicho siempre a los jóvenes que difícilmente encontrarían a alguien que les quisiera más que él. Su vida lo probó: muy pocos en la historia habrán tenido tanto éxito entre los jóvenes. Precisamente por eso extraña más lo que me contaron los protagonistas.
 
Por la noche, después de una jornada llena de reflexiones y oración, se fueron a descansar. Dormían dos en una habitación. Una imagen del santo amigo de los jóvenes presidía aquel dormitorio. Seguramente lo habían colgado allí para que les infundiera paz y ansias de imitarle. ¡Qué fracaso! Los dos jóvenes, viéndolo así, con aquel semblante tan poco atractivo para ellos, no podían conciliar el sueño. Daban vueltas y más vueltas. No había manera de dormirse: más que aparición celestial y gozosa parecía una horrible pesadilla.
 
Por fin, uno no pudo aguantar más y dijo al que dormía al lado:
 
−Mira, estoy fatal, no puedo dormir con la imagen de ese santo ahí.
 Con gesto decidido, el primero se levantó, tomó una sábana y cubrió el cuadro. Eliminado el testigo, durmieron tranquilos hasta el amanecer.
 
¡Pobre santo! Lo que estará pasando, precisamente él, que tanta serenidad infundía a los jóvenes y tantas ganas de vivir… y seguro que lamentó la imagen que han dejado de él sus hijos religiosos y que no le hayan hecho más atractivo…
 
Es que, a menudo, los hijos no imitan lo mejor de los padres: ni los alumnos lo mejor de sus profesores; ni los religiosos lo mejor de su fundador. Ni imitan ni interpretan. Pero no sólo a su fundador, sino tampoco a los jóvenes para los que fueron creados. Por eso, al día siguiente, cuando los responsables de la casa vieron al santo tapado con una sábana, creyendo que era con intenciones perversas, es echaron una bronca que ha dejado huella hasta diez años más tarde….
 

 
Para la reflexión personal y grupal:
 
-Luego de releer el testimonio, señalemos qué sensaciones ha despertado en nosotros su lectura.
 
-¿Nos ha sucedido, en alguna oportunidad, algo semejante a lo vivido por los protagonistas de esta historia, al toparnos con alguna pintura, escultura, etc. de un santo y que ésta nos haya llamado la atención? ¿Creemos que, generalmente, esas imágenes representan fielmente lo que han sido en vida?
 
-¿Cuál es la imagen que solemos hacernos y tenemos de los santos? ¿Qué aspectos positivos y negativos podemos reconocer? ¿Y cuál es la imagen que suele tener o hacerse la sociedad actual de ellos?
 
-¿Cuál es nuestra relación para con los santos? ¿Qué lugar ocupan en nuestra vida cristiana?
 
-¿Qué santos, según nuestra experiencia y criterio, son los más populares en nuestro medio (barrio, ciudad, provincia, país, continente, etc.), tanto para los creyentes como para los que no lo son? ¿Por qué?
 
-¿Qué significado posee para nosotros la santidad? ¿Creemos que es posible alcanzarla y vivirla alegremente, o es sólo una utopía imposible de lograr?
¿En qué medida, entonces, pueden los santos ayudarnos a lograrlo?
 
-¿Cuáles son las características, valores, actitudes, etc. que debería adquirir un santo de nuestros días para ser considerado como tal?
 
-¿Conocemos cuál es el procedimiento y las condiciones para que nuestra Iglesia proclame la santidad de alguna persona?
 
-¿Qué clase de santo nos gustaría ser a nosotros? ¿Con quién/es nos sentimos representados? ¿A cuál/es deseamos imitar?
 
-Con motivo de celebrar esta festividad de todos los santos, ¿qué propósito, personal y/o comunitario, deseamos proponernos?
 

 
Para profundizar nuestra reflexión:
 
Queridos hermanos y hermanas, hoy contemplamos el misterio de la comunión de los santos del cielo y de la tierra. No estamos solos; estamos rodeados por una gran nube de testigos: con ellos formamos el Cuerpo de Cristo, con ellos somos hijos de Dios, con ellos hemos sido santificados por el Espíritu Santo. ¡Alégrese el cielo y exulte la tierra! El glorioso ejército de los santos intercede por nosotros ante el Señor; nos acompaña en nuestro camino hacia el Reino y nos estimula a mantener nuestra mirada fija en Jesús, nuestro Señor, que vendrá en la gloria en medio de sus santos.
 
Queridos hermanos y hermanas: 
Nuestra celebración eucarística se inició con la exhortación "Alegrémonos todos en el Señor". La liturgia nos invita a compartir el gozo celestial de los santos, a gustar su alegría. Los santos no son una exigua casta de elegidos, sino una muchedumbre innumerable, hacia la que la liturgia nos exhorta hoy a elevar nuestra mirada. En esa muchedumbre, no sólo están los santos reconocidos de forma oficial, sino también los bautizados de todas las épocas y naciones, que se han esforzado por cumplir con amor y fidelidad la voluntad divina. De gran parte de ellos no conocemos ni el rostro ni el nombre, pero con los ojos de la fe los vemos resplandecer, como astros llenos de gloria, en el firmamento de Dios.
 
Hoy la Iglesia celebra su dignidad de "madre de los santos, imagen de la ciudad celestial" (A. Manzoni), y manifiesta su belleza de esposa inmaculada de Cristo, fuente y modelo de toda santidad. Ciertamente, no le faltan hijos díscolos e incluso rebeldes, pero es en los santos donde reconoce sus rasgos característicos, y precisamente en ellos encuentra su alegría más profunda.
 
En la primera lectura, el autor del libro del Apocalipsis los describe como "una muchedumbre inmensa, que nadie podría contar, de toda nación, raza, pueblo y lengua" (Apoc 7, 9). Este pueblo comprende los santos del Antiguo Testamento, desde el justo Abel y el fiel patriarca Abraham, los del Nuevo Testamento, los numerosos mártires del inicio del cristianismo y los beatos y santos de los siglos sucesivos, hasta los testigos de Cristo de nuestro tiempo. A todos los une la voluntad de encarnar en su vida el Evangelio, bajo el impulso del eterno animador del pueblo de Dios, que es el Espíritu Santo.
 
Pero "¿de qué sirve nuestra alabanza a los santos, nuestro tributo de gloria y esta solemnidad nuestra?". Con esta pregunta comienza una famosa homilía de san Bernardo para el día de Todos los Santos. Es una pregunta que también se puede plantear hoy. También es actual la respuesta que el Santo da: “Nuestros santos ―dice― no necesitan nuestros honores y no ganan nada con nuestro culto. Por mi parte, confieso que, cuando pienso en los santos, siento arder en mí grandes deseos" (Discurso 2: Opera Omnia Cisterc. 5, 364 ss).
 
Este es el significado de la solemnidad de hoy: al contemplar el luminoso ejemplo de los santos, suscitar en nosotros el gran deseo de ser como los santos, felices por vivir cerca de Dios, en su luz, en la gran familia de los amigos de Dios. Ser santo significa vivir cerca de Dios, vivir en su familia.
Esta es la vocación de todos nosotros, reafirmada con vigor por el concilio Vaticano II, y que hoy se vuelve a proponer de modo solemne a nuestra atención.
 
Pero, ¿cómo podemos llegar a ser santos, amigos de Dios? A esta pregunta se puede responder ante todo de forma negativa: para ser santos no es preciso realizar acciones y obras extraordinarias, ni poseer carismas excepcionales. Luego viene la respuesta positiva: es necesario, ante todo, escuchar a Jesús y seguirlo sin desalentarse ante las dificultades. "Si alguno me quiere servir ―nos exhorta―, que me siga, y donde yo esté, allí estará también mi servidor. Si alguno me sirve, el Padre le honrará" (Jn 12, 26).
 
Quien se fía de él y lo ama con sinceridad, como el grano de trigo sepultado en la tierra, acepta morir a sí mismo, pues sabe que quien quiere guardar su vida para sí mismo la pierde, y quien se entrega, quien se pierde, encuentra así la vida (cf. Jn 12, 24-25). La experiencia de la Iglesia demuestra que toda forma de santidad, aun siguiendo sendas diferentes, pasa siempre por el camino de la cruz, el camino de la renuncia a sí mismo.
 
Las biografías de los santos presentan hombres y mujeres que, dóciles a los designios divinos, han afrontado a veces pruebas y sufrimientos indescriptibles, persecuciones y martirio. Han perseverado en su entrega, "han pasado por la gran tribulación ―se lee en el Apocalipsis― y han lavado y blanqueado sus vestiduras con la sangre del Cordero" (Apoc 7, 14). Sus nombres están escritos en el libro de la vida (cf. Apoc 20, 12); su morada eterna es el Paraíso. El ejemplo de los santos es para nosotros un estímulo a seguir el mismo camino, a experimentar la alegría de quien se fía de Dios, porque la única verdadera causa de tristeza e infelicidad para el hombre es vivir lejos de él.
 
La santidad exige un esfuerzo constante, pero es posible a todos, porque, más que obra del hombre, es ante todo don de Dios, tres veces santo (cf. Is 6, 3). En la segunda lectura, el apóstol san Juan observa: “¡Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos!" (1 Jn 3, 1). Por consiguiente, es Dios quien nos ha amado primero y en Jesús nos ha hecho sus hijos adoptivos. En nuestra vida, todo es don de su amor. ¿Cómo quedar indiferentes ante un misterio tan grande? ¿Cómo no responder al amor del Padre celestial con una vida de hijos agradecidos? En Cristo, se nos entregó totalmente a sí mismo, y nos llama a una relación personal y profunda con él.
 
Por tanto, cuanto más imitamos a Jesús y permanecemos unidos a él, tanto más entramos en el misterio de la santidad divina. Descubrimos que somos amados por él de modo infinito, y esto nos impulsa a amar también nosotros a nuestros hermanos. Amar implica siempre un acto de renuncia a sí mismo, "perderse a sí mismos", y precisamente así nos hace felices.
 
Ahora pasemos a considerar el evangelio de esta fiesta, el anuncio de las Bienaventuranzas, que hace poco hemos escuchado resonar en esta basílica. Dice Jesús: "Bienaventurados los pobres de espíritu, los que lloran, los mansos, los que tienen hambre y sed de justicia, los misericordiosos, los puros de corazón, los artífices de paz, los perseguidos por causa de la justicia" (cf. Mt 5, 3-10). 
En realidad, el bienaventurado por excelencia es sólo él, Jesús. En efecto, él es el verdadero pobre de espíritu, el que llora, el manso, el que tiene hambre y sed de justicia, el misericordioso, el puro de corazón, el artífice de paz; él es el perseguido por causa de la justicia.
 
Las Bienaventuranzas nos muestran la fisonomía espiritual de Jesús y así manifiestan su misterio, el misterio de muerte y resurrección, de pasión y de alegría de la resurrección. Este misterio, que es misterio de la verdadera bienaventuranza, nos invita al seguimiento de Jesús y así al camino que lleva a ella.
 
En la medida en que acogemos su propuesta y lo seguimos, cada uno con sus circunstancias, también nosotros podemos participar de su bienaventuranza. Con él lo imposible resulta posible e incluso un camello pasa por el ojo de una aguja (cf. Mc 10, 25); con su ayuda, sólo con su ayuda, podemos llegar a ser perfectos como es perfecto el Padre celestial (cf. Mt 5, 48).
 
Queridos hermanos y hermanas, entramos ahora en el corazón de la celebración eucarística, estímulo y alimento de santidad. Dentro de poco, se hará presente del modo más elevado Cristo, la vid verdadera, a la que, como sarmientos, se encuentran unidos los fieles que están en la tierra y los santos del cielo. Así será más íntima la comunión de la Iglesia peregrinante en el mundo con la Iglesia triunfante en la gloria.
 
En el Prefacio, proclamaremos que los santos son para nosotros amigos y modelos de vida.
Invoquémoslos para que nos ayuden a imitarlos y esforcémonos por responder con generosidad, como hicieron ellos, a la llamada divina.
 
Invoquemos en especial a María, Madre del Señor y espejo de toda santidad. Que ella, la toda santa, nos haga fieles discípulos de su hijo Jesucristo. Amén.
 
(Homilía de su santidad Benedicto XVI, Basílica de San Pedro, miércoles 1 de noviembre de 2006, en www.vatican.va).
 

 
Para rezar:
 
Patriarcas que fuisteis la semilla
del árbol de la fe en siglos remotos,
al vencedor divino de la muerte,
rogadle por nosotros.
 
Profetas que rasgasteis inspirados
del porvenir el velo misterioso,
al que sacó la luz de las tinieblas,
rogadle por nosotros.
 
Almas cándidas, Santos Inocentes,
que aumentáis de los ángeles el coro,
al que llamó a los niños a su lado,
rogadle por nosotros.
 
Apóstoles que echasteis en el mundo
de la Iglesia el cimiento poderoso,
al que es de la verdad depositario
rogadle por nosotros.
 
Mártires que ganasteis vuestra palma
en la arena del circo, en sangre rojo,
al que os dio fortaleza en los combates,
rogadle por nosotros.
 
Vírgenes semejantes a azucenas
que el verano vistió de nieve y oro,
al que es fuente de vida y hermosura,
rogadle por nosotros.
 
Monjes que de la vida en el combate
pedisteis paz al claustro silencioso,
al que es iris de calma en las tormentas,
rogadle por nosotros.
Doctores cuyas palmas nos legaron
de virtud y saber rico tesoro,
al que es raudal de ciencia inextinguible,
rogadle por nosotros.
 
Soldados del ejército de Cristo,
Santas y Santos todos,
rogadle que perdone nuestras culpas
a Aquel que vive y reina entre vosotros
 


(Gustavo Adolfo Bécquer).

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